domingo, 20 de diciembre de 2009

EL DOLOR, LA IRA Y LA ALEGRÍA




La pintura, “El dolor, la ira y la alegría” es parte de una serie sobre la cruenta y nefasta invasión que sufrió nuestro país a manos de la potencia más grande, poderosa y agresiva del mundo de los últimos tiempos, que cobardemente agredió a un país pequeño, con el argumento insostenible de que uno de sus “Hijos de putas” , como ellos se refieren a quienes les sirven, le había declarado la guerra; dejando al país sumido en el luto y el dolor, aunque para algunos fuese motivo de regocijo. La pintura fue parte de la exposición “Veinte pinturas sobre el veinte”, que se efectuó en la Universidad de Panamá, para no olvidar el genocidio.
En los días que precedieron a la víspera de La navidad, llovió fuego, rayos y centellas sobre nuestro país y la cena de la celebración de la venida del Niño, quedó sobre la mesa porque no respetaron ni el espíritu del mismísimo Dios. Y, familias enteras cayeron inocentemente bajo el fuego abrazador de las armas o del incendio que provocaron; algo tan trágico como la división que experimenta la sociedad panameña hasta nuestros días, sobre el genocidio: hubo quienes, indefensos, murieron ahogados en su propia sangre sin que alguien pudiera tenderles la mano para socorrerles y muchos lloraron de rabia, dolor e impotencia; otros, defendieron la patria arrojando piedras al invasor, que nos agredía con aviones invisibles, helicópteros y toda suerte de carros de la muerte, frutos de la última tecnología pero muchos sin más armas que el canto airado y una pluma, siguen aún en su lucha contra el agresor. Y, cuántos perdieron sus vidas sin saber de la cobardía y la traición a la patria de quienes contribuyeron a desatar la agresión, provocando o pidiéndola. Otros sin embargo, festejaron y lo hacen hasta hoy día, desoyendo la historia e ignorando convenientemente lo que ocurre cuando parte de un pueblo se pone del lado del invasor que vino a matar.
Y, lo más grave, como en la pintura, es que quienes experimentaron el dolor, la ira y la alegría, llevaban una criatura en el vientre, que al crecer, alimentaron de sus pasiones; por ello, cuando aún huele a sangre, piden que la bota del invasor pise nuevamente las entrañas de la patria y otros se retuercen de dolor.
¿Cuántas personas fueron cruelmente asesinadas? ¿Quién lo sabe? ¡No lo sé! Pero lo que si es cierto es que no hay la claridad suficiente sobre lo ocurrido y con el riesgo de que “Los peones de acarreo” cambien la historia.
Para muchos de nosotros, el gringo ha mancillado la “Nación Panameña” tantas veces, que el veinte no será la última vez. Y, mal se hace en pensar que la causa de los genocidas es justa y que fueron sus salvadores; como malo es pensar que el dictador pudo haber tenido una pisca de razón y malo también es el odio y el pensamiento alejado de la razón. ¿Qué podemos esperar del futuro?, no lo sabemos pero si debe preocuparnos el olvido; por ello, me encantaron las palabras del discurso de “Yao”: “hay que escuchar la aguas cantarinas de la patria”.
Las causas de la invasión podrían dormir el sueño eterno, sin que se pueda desentrañar la complicada maraña de intereses pero lo que no debe ocurrir es, que pase al olvido. “El Dictador desafió al imperio con un machete y le declaró la guerra” dicen unos, como si ello fuera posible; “El Dictador puso en peligro las vidas de los ciudadanos norteamericanos” dicen otros, como si fuese verdad; “La invasión fue en defensa propia”, se atreven a decir algunos; “que el genocida de la Casa Blanca, demostró su valentía con el asesinato de miles de panameños” o ejerció su poder de desparecer de la tierra a miles de seres humanos, que ironía. “Que los salvaron del Dictador y por ello juraron amarlos mucho sobre la tapa de un Hummer”, que vergüenza. Y, los del “Todo o nada” qué pensarían si es que pudieron hacerlo. Lo cierto es que pagamos un precio muy alto, que aún no alcanzamos a ver su magnitud.
No había entonces razón de cometer un genocidio cuando en teoría querían a un solo hombre, tan vulnerable, que un helicóptero pudo haberlo alzado con carro y todo y luego dejarlo caer sin que nadie moviera un dedo, por graficarlo irónicamente.
Nadie puede reclamar entonces la fuerza moral, cuando se logran objetivos sobre los cadáveres de miles de personas o de un hombre porque la sangre les mancha para siempre.
Pacífico Castrellón Santamaría.
Lima, 20 de diciembre de 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario