Desde niño, estuve muy cerca de los Ngöbé, Guaimíes o indios, como se les llamó equívocamente; los cholos, en la manera usual que se extiende por el continente, a los que Abanto Morales les cantara: “Cholo soy y no me compadezcas/ Que esas son monedas/ Que no valen nada/ y que dan los blancos/ como quien da plata”. Y, quien en mi pueblo, cuando abrió los ojos y pudo ver, no vio un cholo y una chola; tal vez, muy cerca de sus padres, si es que no llevan un cuarto de tutumita de sangre de cholo, porque el mestizaje no paró. Y, quién no se sentó en la banca de la escuela con ellos. A mis siete años, en casa de la abuela, compartía las travesuras de la edad con Modesto Tugrí, un cholito de mi edad, que también iba a la escuela y bien podría ser el bisabuelo de Gerónimo. Y, es que en muchas de mis correrías de la infancia, de quebrada en quebrada y de charco en charco, fueron ellos los compañeros de aventuras.
Cuando estuve en la tierra de Abanto, donde los blancos son la minoría, a menudo recibía la pregunta “chinchosa” de si en Panamá, había obras monumentales de las culturas ancestrales, como es normal verlas por todos lados en esa tierra y mi respuesta siempre fue la manida historia del lugar de tránsito porque las grandes migraciones de los pueblos originarios pasaron por aquí, luego los de la colonia y así seguimos sin parar; claro está, con la salvedad de la cultura de Barriles y sus monolitos, que como estos, no los hay allá y los detallaba al extremo: los de Barriles un día desaparecieron, les dije y migraron al sur, donde fueron los antecesores de los grandes constructores de los Incas, con lo cual cosechaba sonrisas complacientes e irónicas pero vino Juanita de Ampato a mi ayuda, una virgen sacrificada para apaciguar al Apus de Ampato, como deben conocer la historia: la encontraron momificada en el hielo y hoy se conserva en un museo a bajas temperaturas; de ella extrajeron el ADN y al compararlo con los datos de la investigación del genoma humano; valla sorpresa, su abuela era Guaimí y su tatarabuela, vivía por allá lejos, por el Asia. Ustedes vinieron de Panamá, les dije y hasta podemos reclamarlos, advertí. Y para mí, fue un momento de alegría en mis años de angustia, prodigado por la Guarmíe de Ampato.
En Tolé, la presencia de los cholos ha sido permanente y todos la tenemos grabadas en nuestras mentes; las vestiduras coloridas de las mujeres, sus costumbres y sus características: tienes el pelo cholo o no sé qué hacer con esta cholera, dicen las mujeres refiriéndose al pelo lacio… en realidad estamos transidos de la choledad. En casa de quién no trabajó un cholo o acaso no fueron también una fuerza de trabajo destacada en la zona y más allá, como en la bananera y en los cafetales de Boquete; a la vez que vendedores de artesanías e importantes consumidores; con un peso significativo en las economías lugareñas y de la provincia; que fueron sobreexplotados, inhumana e injustamente tratados además, hay que decirlo sin ambages y lo que es peor, han sido los abandonados de siempre, dejados a su suerte, a merced de las enfermedades y de las penurias; muy poco es lo que hemos hecho por nuestra población originaria; una de nuestras vergüenzas. “Nosotros los cholos no tenemos nada/ No pedimos nada/ Pues faltando todo/ Todo nos alcanza”.
En mis recuerdos también están aquellas camionadas de cholos, que los políticos bandidos llevaban a votar, valla a saber con qué engaño y ni bien habían votado, allí mismo quedaban olvidados. Y, así siguieron en el olvido por años hasta, que un día formaron parte de los quinientos cinco, de la asamblea de diputados y luego les demarcaron el territorio, llamándolo comarcas, lo que al parecer no preocupó mucho, salvo a algunos ganaderos de las alturas pero vino el maldito día en que tiraron del cuero nuevamente y volvieron a hablar de la mina, “la caja de las pestes y las calamidades”. Ahora, los comerciantes, que todo lo venden y el único valor que reconocen es la ganancia, están dispuestos a vender las minas por dos centavos así tengan que volarles perdigones y matar a los cholos, que ahora abandonan los cientos de años de olvido para ser importantes. ¿Quién habría pensado en la figura de una mujer cacique, sobre todo de una mujer, que se sentara en la mesa a negociar con el gobierno? Lo que hoy es una realidad.
“Déjame en la puna/ vivir a mis anchas/ trepar por los cerros/ detrás de mis cabras/ arando la tierra/ tejiendo unos/ ponchos/ pastando mis llamas/ y echar a los vientos/ la voz de mi quena”. Dijeron los de Abanto, que sí saben de minas porque han vivido en el socavón y se han contaminado con mercurio; los pobres de siempre, aunque de las entrañas de la tierra brote oro, plata, cobre, aluminio y todos los metales que gusten. Ocurrió en los tiempos de la colonia y por qué no ahora.
A cuál cholo le habrán pedido pareceres para otorgar una concesión minera, no lo sé y me aventuro a decir que a ninguno; como, no le habrán consultado a ningún chiricano, santeño, coclesano, veragüense o colonense; en realidad, a ningún panameño le han preguntado si quieren que Panamá sea un país minero; esos son negocios de grandes y según ellos, no necesitan consultar ni les conviene explicar. Qué sabemos de minas o qué nos han explicado, que no sea aquello de los ríos de plata; como aquel discurso de un político de los setenta: “Niños, díganle a sus padres, que no tendrán que trabajar más y que se preparen para recoger el dinero, que vendrá como un río”. ¡Esas leyendas trashumantes! Como los ladrillos de plata de las calles de La Plata. Cuando en realidad, los cholos pagaron un precio muy alto a causa de la explotación minera desde los tiempos de la colonia, lo que no parece ser diferente ahora, si miramos un poco sobre el tema en el Internet, donde también podemos aprender sobre minas e informarnos sobre el peligro y los daños causados por la minería en diferentes países porque de los beneficios habrá poco que decir, que no sean aquellas elucubraciones sin sentido de la estadísticas sobre las toneladas de oro, plata y cobre per cápita que producimos.
Y, créanme lo que les digo, como no somos un país minero, no me había interesado en saber cómo le sacaban el cobre a esos cerros pedregosos, así que le consulté a Nicasio Cutipa, que si sabe de cobre porque vio año tras año como se lo llevaron de su país. De la larga y confusa explicación, podríamos resumir que sacaban la roca de la tierra, la molían hasta que quedara como maíz molido para pollo y luego le echaban unos líquidos que le sacaba un jugo cobrizo y después lo echaban al horno, luego lo vaciaban en unos moldes, de donde sacaban las barras, que una vez enfriadas eran enviadas en tren al puerto y de allí al barco, que se los llevaba lejos, valla a saber dónde y que a ellos sólo les quedaba la contaminación. Y, pensar que de ese cerro molido, solamente el uno por ciento es el cobre que se llevarán, de cuyo precio regalarán dos centavos al gobierno y nos dejarán el noventa y nueve por ciento de material contaminado, escoria y gases venenosos, que serán arrastrados por los ríos, las aguas subterráneas y llevados por el viento, dejándonos un paisaje desolador y las mil consecuencias; entre ellas, las causadas a la sociedad y a las futuras generaciones. No por gusto, el Centro de Estudios del Cobre y la Minería de Chile, nos advertía de llevar un estricto control ambiental por estar nuestro país en la zona de bosques tropicales lluviosos. Lo que dudo que remotamente se haga, a juzgar por lo que ya ocurre con la explotación minera.
En el caso de las hidroeléctricas, que también son objeto de las protestas de los pueblos originarios de nuestro país, tengo una percepción diferente porque ellas en sí dependen de la conservación del medio para su funcionamiento; aunque inicialmente causen trastornos ecológicos, que comparados con la minería, serían insignificantes y además, temporales; si bien, modifican el paisaje pero hasta cierto punto, favorablemente porque incorpora un lago y una cuenca que debe ser preservada y que contiene en sí sus potencialidades. El tema de hecho está asociado a la generación de energía, al uso de la tierra, a la transformación del medio ambiente y al cambio del sistema de vida de los habitantes de las zonas donde se construyan las hidroeléctricas.
Lo real es que el problema energético no es exclusivo de nuestro país, es global y hay una demanda creciente de energía, que llega a niveles elevados, sin la cual el crecimiento y el desarrollo no son posibles; hemos dependido históricamente de los combustibles, que van desde la utilización de la madera como combustible, con el consecuente deterioro del bosque, pasando por el carbón de piedra hasta los hidrocarburos o combustibles fósiles y con ello, hemos contribuido a causar graves daños al medio, de modo que estamos frente a las consecuencias del calentamiento global, de lo cual tienen gran responsabilidad las potencias económicas. Si bien, existen otras maneras de generar energía, utilizando las fuentes que no causan contaminación como es el caso de la hidráulica, la de mayores potencialidades, la eólica, la solar, etc.
De estas, sólo la hidráulica ha sido desarrollada a gran escala. Sin embargo, está como alternativa la energía nuclear, que está bajo control por sus aplicaciones bélicas y por ser una espada de Damocles, además de tener costos elevados y emplear tecnologías complejas, que no puede ser utilizada por países económicamente pobres y políticamente inestables. Sin embargo, existe además una versión menos riesgosa de esta energía, que es el caso de su pariente el Torio, más seguro, eficiente y abundante. En la realidad, estamos ante el gran problema de la demanda de energía y de la búsqueda de soluciones alternativas, que evitarían consecuencias insospechadas en todos los órdenes de nuestras vidas y nuestro país no escapa de ello.
Al parecer, en nuestro caso, las fuentes hidráulicas constituyen una alternativa a la solución del problema, nada despreciables, dado el potencial de que disponemos, sin que ello signifique que no se recurra a otras fuentes de energía igualmente limpias. En la actualidad, la generación eléctrica en nuestro país por poco es la mitad hidráulica y la otra mitad térmica, lo que no es un panorama halagador, especialmente cuando se han incorporado plantas térmicas en base al consumo de carbón, una de las más sucias o contaminantes, lo que significa también que se privilegien soluciones alternativas de corto plazo por intereses económicos, sin que importen las consecuencias y también, que la desaparición del IRHE, a manos de los mercantiles dejó un gran vacío, cuya venta fue uno de los más grandes errores que políticos algunos hayan cometido; el sector energético en manos privadas es catastrófico porque para ellos es una inversión que debe dar réditos a cualquier costo, sin que importe el universo del problema y muestra de ello es el conflicto que confrontamos con los Ngôbés en el oriente de Chiriquí y en Bocas, actualmente y que no se hará esperar en el caso de las hidroeléctricas de paso del occidente de Chiriquí; lo que no habría ocurrido, me atrevo a asegurarlo, si el IRHE estuviese a cargo de ellas porque comprendía el problema, tenía la experiencia necesaria y sabía qué hacer anticipadamente.
Las hidroeléctricas ocupan espacio porque en algunos casos, se deben inundar considerables extensiones de tierra y conservar una cuenca, territorios que antes estaban dedicados a la ganadería extensiva y en muchos casos a la agricultura de subsistencia; lo que normalmente no es comparable en términos económicos a los beneficios de una hidroeléctrica; sin embargo, habría que considerar otros valores como los culturales y los derechos de los habitantes de estos territorios, lo que hoy nos tiene entrabados con los Ngôbé por no haberlos contemplado.
Nuestros pueblos originarios, que hoy se ubican en territorios denominados comarcas, defienden su territorio, el sistemas de vida, sus costumbres; en suma, sus manifestaciones culturales y ello incluye el uso de la tierra, que en este caso es colectivo, como hacen por ejemplo los pueblos andinos, con un nivel productivo superior. En este caso, con las hidroeléctricas ven amenazadas las fuentes de aguas, que constituyen para ellos parte de la despensa alimenticia, que ahora se convertiría en un lago además, con el que hay que aprender a lidiar. Quienes conocemos la zona, sabemos que hay también grandes extensiones de tierras sin aprovechamiento y deforestadas, que se han ido degradando con el tiempo; como también, un desarrollo agrícola muy incipiente y escaso, por decir lo menos, entre tantas razones por el abandono al que han sido sometidos.
A pesar de que registran un crecimiento poblacional importante, que incluso los ha llevado a migrar a distintos lugares del país; no podríamos decir, que se han asentado en lugares poblados como tales, que les permita beneficiarse de los servicios elementales de las comunidades urbanas, como lo hemos experimentado o de la interconexión mediante vías de comunicación, líneas de suministro eléctrico o sistemas de abastecimientos de agua y sanitarios; a la vez, que ha sido escasa la atención escolar y la asistencia de salud. Según los entendidos, la dispersión poblacional dificulta la posibilidad de acceder a estos beneficios y no favorece el mejoramiento de las condiciones de vida de estas poblaciones aunque hay que entender que su sistema de vida obedece a patrones culturales raizales, lo que no significa que puedan evolucionar como en el caso de las poblaciones andinas, que conservan celosamente sus manifestaciones culturales, la lengua, las costumbres, la propiedad colectiva de la tierra y demás pero viven en lugares poblados, con lo que acceden fácilmente a los servicios que brinda el estado a la sociedad aunque ello signifique intervenir en sus manifestaciones culturales.
De todo ello, saldremos beneficiados porque la lucha de los Ngôbé contra las minas nos aleja de la destrucción que causan y podremos decir al menos que salvaron nuestra provincia, lo que no ocurrirá con la explotación minera en otros lados del país; sobre las hidroeléctricas, pese a la reticencia, llegaremos también a la conclusión de que tolerarán su desarrollo y aprenderán a beneficiarse de ellas porque se trata también de resolver nuestras necesidades de energía en bien de la nación entera.
En lo personal, debo decirlo con claridad: estoy en desacuerdo con la explotación minera metálica y creo que es necesario desarrollar gradualmente nuestro potencial hidroeléctrico, como no veo con agrado que un sector tan importante como el energético esté en manos privadas, por lo que sería necesario darle vida nuevamente al IRHE en una versión acorde con los tiempos y perfectible, que participe en el sector y cumpla su labor social, que no harán los intereses privados. Se trata pues de repensar el país para beneficio de la nación entera.
domingo, 18 de marzo de 2012
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