Es poco lo que queda de las plazas de Tolé; al parecer, una extraña idea se aferra a la mente de los políticos de mi pueblo, que los ha impulsado a acabar con ellas. Y, por infortunio, todos entienden erróneamente, que canibalizándolas son mejor vistos y se benefician políticamente. El mal, no parece hacer distinciones y al grito de todos contra las plazas, las están acabando.
Esos enormes espacios abiertos, tan útiles como necesarios, donde la juventud por generaciones emprendió sus correrías y se divirtió hasta el cansancio, son apenas un recuerdo vago o una idea del pasado; hoy están ocupadas desordenadamente por edificaciones de todo tipo, que bien pudieran estar ubicadas en lugares apropiados, que generosamente aun tienen a disposición.
Qué argumentos vanos imperaron al momento de acabarlas, ya no tiene sentido saberlo pero de algo si podemos estar seguros: no entendieron al Maestro Joaquín, a Evangelista, Cervelio y Juvenal, que desde el año 1958, sentaron las bases del ordenamiento espacial del pueblo y equivocadamente los desoyeron, arruinando además el mejor activo del pueblo, el legado de nuestros antepasados, que permaneció allí cuando menos por más de cien años hasta que decidieron terminar con ellas y que bien merece ser recuperado.
En su vorágine, pretendieron vender la 24 de Diciembre, la última plaza que aún sobrevive, para la construcción un centro comercial, idea tan descabellada como absurda pero es que “a la vuelta de la esquina”, ya habían edificado una mole en tributo al mal gusto, con las pretensiones de un gimnasio pero no se detuvieron allí: ahora construyeron esa enorme y costosa jaula metálica, que acabará en herrumbres y despojos, para albergar una cancha de fulbito con grama sintética, de esas que vemos en la ciudad capital, que acá no tienen sentido. Y, ello ocurre porque las autoridades estarían actuando sin una visión del futuro, norte ni referencia, ante la ausencia del ordenamiento espacial del pueblo y su control, que ya lo amerita.
Tolé es parte importante de la región oriental de Chiriquí, que se extiende hasta Bocas del Monte, con potencialidades conocidas e insospechadas, buena para constituirla en una región especial de desarrollo del país, con su presidencia regional, demás estamentos y la presencia de las instituciones del país pero además, se entrelaza con otra región no menos importante, a lo largo de la carretera de Soná a Guabalá, que eventualmente irrumpirá con pujanza y qué decir del futuro de los Ngöbes, con una parte de ellos vinculada permanentemente a nuestro pueblo.
Empecemos entonces con visión de futuro y la conciencia política adecuada, dando los pasos necesarios hacia un futuro mejor: empezando por dejar a los entendidos, que los tenemos, la planificación del crecimiento y desarrollo de nuestro pueblo, el ordenamiento espacial y su control, evitando así las improvisaciones y el desperdicio de recursos que tanta falta nos hacen.
Por estos días, un amigo y más que ello, escritor panameño, paso por Tolé y desde allá escribió, que lo encontró entre otras calamidades, lleno de cantinas; así lo expresó en el Internet. Y, Dios quiera, que a ningún desalmado se le ocurra instalar allí un casino, ni encuentre la autoridad que lo permita.
Y, porque en sus palabras, mi amigo el escritor en realidad alude a la suerte de un pueblo, que da más importancia al vicio que a la formación cultural, lo que debe ser preocupación de las autoridades pero, nos toca directamente a muchos de nosotros por nuestra ingratitud, al no retribuir con beneficios lo que modestamente nos dio o ayudó a lograr.
En Tolé, como en todos los pueblos de nuestro país, están fuera de él la mayor parte de lo más granado de sus hijos, desde hombres sencillos, técnicos, artistas y hacedores hasta personalidades profesionales e intelectuales, que deben mirar hacia nuestros orígenes, entre tanto, contribuyendo con ideas y concreciones, para favorecer el desarrollo cultural de nuestro pueblo.
Pacifico Castrellon Santamaría
lunes, 14 de noviembre de 2011
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