
¡Por Dios y por el bien de la nación, hagamos algo para detener la sangría, que ha empezado! No esperemos a que la violencia delictiva nos convierta en un país inviable y se apodere de nuestras vidas. Es necesario evitar, que nos acerquemos peligrosamente a una escalada sin retorno. Y, tomemos conciencia de la magnitud del problema, sin ocultar la realidad y en su lugar, hay que combatirlo inteligentemente, desde sus raíces, con toda nuestras fuerzas; pensando siempre en dejarle un mundo mejor a nuestros hijos.
Éste, no es un problema simple, es verdad y debido a su naturaleza, no se resolverá de un momento a otro; tal pareciera que tiene vida propia y un comportamiento sistemático, que puede ser emulado. Es una vorágine, que todo lo daña a su paso y hasta podríamos considerarlo como un ente peligroso, que no puede ser ocultado aunque su accionar se produzca bajo el manto de la oscuridad; no necesariamente de la noche pero al amanecer, los resultados están a la vista: muertes a diario por todos lados.
Y, ya no podemos concebir este tipo de violencia como algo insignificante y lejano, que normalmente ocurre en otros países; está entre nosotros, en nuestras calles y mal haríamos en pensar, que pertenece a un mundo aparte, cuando en realidad se apodera de nosotros y empezamos a sentir un ligero temor; pues ya nadie está a salvo, nos constriñe y coarta nuestra libertad. Y, lo peor es, que puede llegar en cualquier momento a la tranquilidad de nuestros hogares, de manera trágica y sin importar que seamos inocentes.
En nuestra familia, el luto y el dolor, toco a la puerta hace unos días; mi sobrino, el único hijo de uno de mis hermanos, fue asesinado de un disparo cobardemente mientras conducía un taxi y no sabemos por qué ni quien lo hizo. Dolidos y angustiados, saboreando el amargo de la impotencia, seguimos a la espera de que La Policía resuelva el crimen y la justicia haga lo propio: castigando con todo el peso de la ley a quienes le quitaron la vida pero no podemos quedarnos sumidos en el dolor, ni emprender la venganza personal y en vez de ello, es nuestro deber contribuir para que otras familias no vistan de luto; también, como una manera de honrar la memoria de nuestro familiar.
A diario, hay quienes pierden la vida absurdamente, de un disparo o de peor manera; ya sea porque desencadenaron el hecho o fueron víctimas inocentes; al parecer, no sólo se trata del instinto criminal de algunas personas, sino de un sistema de vida que se está enquistando en nuestra sociedad, que es peor: irónicamente podríamos decir que se están formando el mal hábito de resolver los problemas a tiros, en vez de hacerlo razonablemente. Y, ¿Qué decir? Cuando se trata del crimen organizado.
Y si quisiéramos encontrar las raíces del problema, sin ir muy lejos, bastaría con remontarnos algunos años atrás, en el pasado cercano, a las contradicciones permanentes que ha experimentado nuestra sociedad, que con el tiempo se han convertido en el caldo de cultivo de la violencia y que hoy prevalecen. Sin que sea necesario teorizar sobre la violencia, basta recordar, que los sectores marginados de la sociedad panameña, han crecido en la angustia permanente y la desesperanza; ante la mirada indiferente de todos nosotros.
Hoy llegamos al extremo de convertir a los menores de doce años en personas penalmente responsables, lo que cuestiona nuestra esencia y nos alarma porque tan grave es, que los menores cometan crímenes como penarlos; lo que al parecer es un círculo vicioso, con el agravante de que en la cárcel se especializarán y terminarán convertidos en fieras llenas de odio; hombres, sin esperanzas ni ilusiones y lo peor, sin que alguien haya sido capaz de hacer algo por ellos. Cuando la violencia delictiva, involucra a menores de esta edad, tenemos un problema grave, en el seno de nuestra sociedad y debemos ser consientes de ello, así como enfrentarlo.
Qué dudas caben, hemos visto el problema llegar y es poco lo que hemos hecho, a pesar de las advertencias y nos hemos esperanzado en que el Estado lo resuelva pero a ellos, se les ha salido entre los dedos y lo vemos tirando palos de ciego: recrudeciendo penas; poniendo alambradas descomunales en los penales; pidiendo consejos a los que tratan la violencia con violencia; pensando en construir ciudades penitenciarias y hasta en reeditar la isla del diablo o la jaula de los tigres y también, pidiéndoles a los medios que oculten la violencia o como ahora, acercando a la cuna la edad en que las personas son penalmente responsable, entre otras ideas descabelladas; en vez de emprender un programa de rehabilitación de detenidos e ir a las raíces del problema en lo profundo de la sociedad.
Por todo ello, debo insistir en que la sociedad tiene que tomar las riendas y lidiar con el monstruo. Para ello, es necesario declarar en emergencia nacional al país debido al problema de la delincuencia y crear una autoridad superior, que planifique, dirija y coordine todos los esfuerzos que se hagan para resolver el problema, en donde estarían representadas las agencias del Estado, las organizaciones representativas del sector privado y la sociedad agremiada en su conjunto y en especial, los institutos, las agrupaciones especializadas en el tema y los entendidos en la materia; esquema, que se multiplicaría, en la medida de las posibilidades en todo el país, porque todos tenemos la responsabilidad de enfrentar el problema.
Hay mucho que hacer y se necesita realizar un trabajo de rehabilitación efectiva de la persona encarcelada y para ello no es suficiente la autoridad penitenciaria y policial; el sector privado debe actuar, así como las agencias del estado, las organizaciones sociales, los agremiados y los grupos religiosos porque también el problema es de espiritualidad. Se necesita darle al hombre que falta a las reglas del juego de la sociedad, la esperanza de resurgir como un hombre nuevo, que pueda ser incluso, agente de cambio.
Si, hacemos una distinción de la procedencia social de las personas, que incurren en la violencia delictiva, de las causas y la naturaleza de las mismas, estaríamos en mejores condiciones de enfrentar el problema y de aplicar el remedio, aunque se sabe que en la dispersión social de las ocurrencias, esta puede llegar incluso a niveles insospechados. Como ocurre con el narcotráfico, responsable de muchas muertes y del deterioro de quienes consumen la droga, que requiere se una cadena compleja e incluso del lavado del dinero, que opera en determinados sectores económicos y sociales.
De cualquier manera, podríamos diferenciar entre la violencia doméstica o cuando es influida por la importada, que al igual, tendría un componente significativo. El punto es que opera a distintos niveles de nuestra sociedad y que hay sectores más afectados; tal vez, los marginales de siempre, que son los propicios como caldos de cultivo del mal y es allí donde habría que empezar.
Estas personas necesitan mejores condiciones de vida y en especial, la juventud, la que debe ser atendida integral y prioritariamente. No es preciso que lo diga pero aparte de alimentación, vivienda, salud, educación, cultura, bienestar físico, recreativo y deportivo, necesitan trabajo, formación profesional y convertirse en personas productivas; en suma, en seres positivos que se valgan por sí mismos y enaltezcan la nación. ¡”hay pues poco tiempo y mucho que hacer”!
Éste, no es un problema simple, es verdad y debido a su naturaleza, no se resolverá de un momento a otro; tal pareciera que tiene vida propia y un comportamiento sistemático, que puede ser emulado. Es una vorágine, que todo lo daña a su paso y hasta podríamos considerarlo como un ente peligroso, que no puede ser ocultado aunque su accionar se produzca bajo el manto de la oscuridad; no necesariamente de la noche pero al amanecer, los resultados están a la vista: muertes a diario por todos lados.
Y, ya no podemos concebir este tipo de violencia como algo insignificante y lejano, que normalmente ocurre en otros países; está entre nosotros, en nuestras calles y mal haríamos en pensar, que pertenece a un mundo aparte, cuando en realidad se apodera de nosotros y empezamos a sentir un ligero temor; pues ya nadie está a salvo, nos constriñe y coarta nuestra libertad. Y, lo peor es, que puede llegar en cualquier momento a la tranquilidad de nuestros hogares, de manera trágica y sin importar que seamos inocentes.
En nuestra familia, el luto y el dolor, toco a la puerta hace unos días; mi sobrino, el único hijo de uno de mis hermanos, fue asesinado de un disparo cobardemente mientras conducía un taxi y no sabemos por qué ni quien lo hizo. Dolidos y angustiados, saboreando el amargo de la impotencia, seguimos a la espera de que La Policía resuelva el crimen y la justicia haga lo propio: castigando con todo el peso de la ley a quienes le quitaron la vida pero no podemos quedarnos sumidos en el dolor, ni emprender la venganza personal y en vez de ello, es nuestro deber contribuir para que otras familias no vistan de luto; también, como una manera de honrar la memoria de nuestro familiar.
A diario, hay quienes pierden la vida absurdamente, de un disparo o de peor manera; ya sea porque desencadenaron el hecho o fueron víctimas inocentes; al parecer, no sólo se trata del instinto criminal de algunas personas, sino de un sistema de vida que se está enquistando en nuestra sociedad, que es peor: irónicamente podríamos decir que se están formando el mal hábito de resolver los problemas a tiros, en vez de hacerlo razonablemente. Y, ¿Qué decir? Cuando se trata del crimen organizado.
Y si quisiéramos encontrar las raíces del problema, sin ir muy lejos, bastaría con remontarnos algunos años atrás, en el pasado cercano, a las contradicciones permanentes que ha experimentado nuestra sociedad, que con el tiempo se han convertido en el caldo de cultivo de la violencia y que hoy prevalecen. Sin que sea necesario teorizar sobre la violencia, basta recordar, que los sectores marginados de la sociedad panameña, han crecido en la angustia permanente y la desesperanza; ante la mirada indiferente de todos nosotros.
Hoy llegamos al extremo de convertir a los menores de doce años en personas penalmente responsables, lo que cuestiona nuestra esencia y nos alarma porque tan grave es, que los menores cometan crímenes como penarlos; lo que al parecer es un círculo vicioso, con el agravante de que en la cárcel se especializarán y terminarán convertidos en fieras llenas de odio; hombres, sin esperanzas ni ilusiones y lo peor, sin que alguien haya sido capaz de hacer algo por ellos. Cuando la violencia delictiva, involucra a menores de esta edad, tenemos un problema grave, en el seno de nuestra sociedad y debemos ser consientes de ello, así como enfrentarlo.
Qué dudas caben, hemos visto el problema llegar y es poco lo que hemos hecho, a pesar de las advertencias y nos hemos esperanzado en que el Estado lo resuelva pero a ellos, se les ha salido entre los dedos y lo vemos tirando palos de ciego: recrudeciendo penas; poniendo alambradas descomunales en los penales; pidiendo consejos a los que tratan la violencia con violencia; pensando en construir ciudades penitenciarias y hasta en reeditar la isla del diablo o la jaula de los tigres y también, pidiéndoles a los medios que oculten la violencia o como ahora, acercando a la cuna la edad en que las personas son penalmente responsable, entre otras ideas descabelladas; en vez de emprender un programa de rehabilitación de detenidos e ir a las raíces del problema en lo profundo de la sociedad.
Por todo ello, debo insistir en que la sociedad tiene que tomar las riendas y lidiar con el monstruo. Para ello, es necesario declarar en emergencia nacional al país debido al problema de la delincuencia y crear una autoridad superior, que planifique, dirija y coordine todos los esfuerzos que se hagan para resolver el problema, en donde estarían representadas las agencias del Estado, las organizaciones representativas del sector privado y la sociedad agremiada en su conjunto y en especial, los institutos, las agrupaciones especializadas en el tema y los entendidos en la materia; esquema, que se multiplicaría, en la medida de las posibilidades en todo el país, porque todos tenemos la responsabilidad de enfrentar el problema.
Hay mucho que hacer y se necesita realizar un trabajo de rehabilitación efectiva de la persona encarcelada y para ello no es suficiente la autoridad penitenciaria y policial; el sector privado debe actuar, así como las agencias del estado, las organizaciones sociales, los agremiados y los grupos religiosos porque también el problema es de espiritualidad. Se necesita darle al hombre que falta a las reglas del juego de la sociedad, la esperanza de resurgir como un hombre nuevo, que pueda ser incluso, agente de cambio.
Si, hacemos una distinción de la procedencia social de las personas, que incurren en la violencia delictiva, de las causas y la naturaleza de las mismas, estaríamos en mejores condiciones de enfrentar el problema y de aplicar el remedio, aunque se sabe que en la dispersión social de las ocurrencias, esta puede llegar incluso a niveles insospechados. Como ocurre con el narcotráfico, responsable de muchas muertes y del deterioro de quienes consumen la droga, que requiere se una cadena compleja e incluso del lavado del dinero, que opera en determinados sectores económicos y sociales.
De cualquier manera, podríamos diferenciar entre la violencia doméstica o cuando es influida por la importada, que al igual, tendría un componente significativo. El punto es que opera a distintos niveles de nuestra sociedad y que hay sectores más afectados; tal vez, los marginales de siempre, que son los propicios como caldos de cultivo del mal y es allí donde habría que empezar.
Estas personas necesitan mejores condiciones de vida y en especial, la juventud, la que debe ser atendida integral y prioritariamente. No es preciso que lo diga pero aparte de alimentación, vivienda, salud, educación, cultura, bienestar físico, recreativo y deportivo, necesitan trabajo, formación profesional y convertirse en personas productivas; en suma, en seres positivos que se valgan por sí mismos y enaltezcan la nación. ¡”hay pues poco tiempo y mucho que hacer”!
Pacífico Castrellón S.
